LA SIRENITA

 LA SIRENITA

Dios se equivocó de anatomía conmigo. No soy religioso, pero alguien debe cargar con la culpa de este cuerpo que se siente como una celda. Aceptar la responsabilidad de ser "diferente" en un lugar como Nigeria es ponerse la soga al cuello; es elegir ser una cucaracha que corre hacia la sombra para no ser aplastada.

"Un hombre no puede ser afeminado", sentenció mi padre la tarde que me descubrió jugando con princesas. Desde los tres años supe que yo era una criatura distinta, algo que no encajaba en los esquemas de los hombres de verdad. Ser un hombre que ama a otros hombres es, en este mundo, más peligroso que cualquier monstruo oculto bajo la cama.

El refugio de plástico.

Mi obsesión nació a los seis años, frente a una figura mítica de pelo rojo y aleta verde. Ariel. Ella era perfecta, hermosa, y su piel —tan distinta a la mía— emanaba una paz que mi casa no conocía. Papá me alejó de ella a tirones, prohibiéndome imaginar mundos bajo la superficie. Pero el daño ya estaba hecho: la semilla del océano había germinado en mi pecho.

En la escuela, el acoso era el pan de cada día. Notas insultantes, zancadillas y ese estigma escupido por teléfono: "marica".

—Es tu culpa —me decía mi padre, con la voz seca—. No deberías ver esas princesas. El amor es efímero y tú jamás serás feliz si sigues escupiendo diamantina.

Tenía razón. Él murió a los cuarenta años; el doctor dijo que fue un infarto, pero yo sé que fue falta de amor. Mi madre, en cambio, murió mucho antes, asesinada por un racista que quedó libre por un tecnicismo legal. Ella era mi ancla, y desde que se fue, mi vida se convirtió en un simulacro de existencia.

El canto de las piedras.

Hoy he dejado de huir de los demás para correr hacia mí mismo. Conducir me despeja el alma, y el hipnótico canto de las olas finalmente ha pronunciado mi nombre. Detengo la camioneta frente a la costa. Me quito los zapatos. El frío de la arena es el primer beso de la libertad.

Puedo verlas. No es mi imaginación; están allí, sobre las piedras negras, esperándome. Son las mujeres fantásticas que dibujé con crayones cuando el mundo me golpeaba. Quieren darme las gracias por haberlas mantenido vivas en mi mente, lejos de la basura de la realidad.

Y allí, en el centro de todo, está ella. Mi sirenita. Mi Ariel. La única que limpió mis lágrimas durante treinta años de soledad. Me sonríe con sus ojos azules y juro por Dios que puedo escuchar su voz susurrándome al oído: "Te amo".

—Yo también te amo —respondo.

Camino hacia el agua. El frío me abraza las rodillas, luego la cintura, luego el cuello. No hay miedo, solo una urgencia eléctrica por dejar de respirar este aire pesado y seco.

Bajo el mar.

Al sumergirme, el silencio es absoluto. El agua llena mis pulmones como un elixir largamente esperado. En la penumbra azulada, la silueta de mi madre emerge de las profundidades. Tiene el cabello largo, los ojos victoriosos y los brazos abiertos.

Ya no hay dolor. Ya no hay golpes, ni insultos, ni padres decepcionados. Aquí abajo, la presión del océano es el abrazo que nunca recibí en la superficie. Mis dos personas favoritas me toman de las manos. Los latidos de mi corazón se ralentizan hasta convertirse en un eco lejano, una canción de cuna que se pierde en el abismo.

Ahora somos una familia otra vez. Y en este reino de coral y sombras, nadie volverá a decirme que mi naturaleza es un error. 

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