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LA SIRENITA

  LA SIRENITA Dios se equivocó de anatomía conmigo. No soy religioso, pero alguien debe cargar con la culpa de este cuerpo que se siente como una celda. Aceptar la responsabilidad de ser "diferente" en un lugar como Nigeria es ponerse la soga al cuello; es elegir ser una cucaracha que corre hacia la sombra para no ser aplastada. "Un hombre no puede ser afeminado", sentenció mi padre la tarde que me descubrió jugando con princesas. Desde los tres años supe que yo era una criatura distinta, algo que no encajaba en los esquemas de los hombres de verdad. Ser un hombre que ama a otros hombres es, en este mundo, más peligroso que cualquier monstruo oculto bajo la cama. El refugio de plástico. Mi obsesión nació a los seis años, frente a una figura mítica de pelo rojo y aleta verde. Ariel. Ella era perfecta, hermosa, y su piel —tan distinta a la mía— emanaba una paz que mi casa no conocía. Papá me alejó de ella a tirones, prohibiéndome imaginar mundos bajo la superficie. Pe...

FÓBICO: LA SOMBRA DE UN PATITO

FÓBICO LA SOMBRA DE UN PATITO Patricia Bianchi era una chica ordinaria. Aspirante a botánica, amante del terror y la ficción, pasaba sus tardes devorando libros hasta que las páginas se desprendían de tanto uso. Pero eso fue antes. Antes de que el "Patito" que todos conocían desapareciera para dar paso a una sombra que se marchita en un hospital psiquiátrico. Hoy, Patricia no habla. Vive oculta bajo una sudadera negra, arrinconada en las esquinas, temiendo al suelo como si fuera un campo minado. El contacto humano le produce náuseas; el olor a tierra mojada, convulsiones. Su mente es una celda donde se proyecta, una y otra vez, aquella noche húmeda de abril. La noche del jardín. Todo comenzó con una petición cotidiana. Su madre, Inés, absorta en sus diseños de costura, le pidió que sacara la basura. Patricia, acostumbrada a ser útil, dejó su libro a medias y cumplió la tarea. La bolsa negra, su enemiga habitual por romperse siempre, se portó extrañamente bien a...

EMMA: UN FANTASMA VENGADOR

 EMMA Antes él no era así. Antes de la oscuridad, el señor Lynch no era una bestia. Era un hombre de temperamento leve, un devoto de la paz que aborrecía los gritos y predicaba la igualdad de géneros. Amaba a Emma con una intensidad que rozaba la adoración; o al menos, eso era lo que él decía, y ella, tras treinta años de un matrimonio "aguantado", elegía creerlo. Se miraban y veían tres décadas de historia compartida, seis hijos casados y la promesa de nietos que la latían en vientres ajenos. Emma era la reina del hogar. Su maquillaje permanecía impoluto tras jornadas de hornear pasteles y tapizar muebles. Era tan perfecta que daba miedo; parecía una criatura de porcelana que no conocía el cansancio ni el peso de los años. Entonces llegó el encierro. Lo que empezó como un cuento de fantasmas sobre un virus lejano se convirtió en una jaula de cemento. Para el señor Lynch, el aislamiento no fue una pausa, sino un catalizador. La rutina lo devoró. El ocio pudrió su amabilidad y...

Todo el tiempo…

Todo el tiempo, a todas horas, esto empeora. Siempre ha sido así, siempre en la misma dirección. No importa cuánto tarde en suceder ni cuánto nos tome darnos cuenta: el resultado es el mismo. Con el paso de los días en soledad, he aprendido a disfrutar esos pequeños minutos que antes no sabía que eran importantes en mi vida. Creía que estar sola era algo malo, pero el tiempo me ha demostrado lo contrario. No sé cómo pude vivir tanto tiempo acompañada, siendo criticada, molestada, abatida, interrogada. Uno es realmente quien es cuando está solo. Cuando estoy con otros, soy miserable; cuando me tengo a mí misma, soy feliz. Mi padre dice que no es sano, que es un problema que debo tratar. Mis hermanos aseguran que no es más que una etapa de miedo. Casi todo el maldito mundo insiste en que no es bueno, pero yo pienso: ¿qué tiene de malo estar sola? Disfruto de su compañía. Ella no me critica. No me dice que sueño despierta ni le pone peros a mis ideas. No me detiene. Con ella puedo hablar,...