FÓBICO: LA SOMBRA DE UN PATITO

FÓBICO

LA SOMBRA DE UN PATITO

Patricia Bianchi era una chica ordinaria. Aspirante a botánica, amante del terror y la ficción, pasaba sus tardes devorando libros hasta que las páginas se desprendían de tanto uso. Pero eso fue antes. Antes de que el "Patito" que todos conocían desapareciera para dar paso a una sombra que se marchita en un hospital psiquiátrico.

Hoy, Patricia no habla. Vive oculta bajo una sudadera negra, arrinconada en las esquinas, temiendo al suelo como si fuera un campo minado. El contacto humano le produce náuseas; el olor a tierra mojada, convulsiones. Su mente es una celda donde se proyecta, una y otra vez, aquella noche húmeda de abril.

La noche del jardín.

Todo comenzó con una petición cotidiana. Su madre, Inés, absorta en sus diseños de costura, le pidió que sacara la basura. Patricia, acostumbrada a ser útil, dejó su libro a medias y cumplió la tarea. La bolsa negra, su enemiga habitual por romperse siempre, se portó extrañamente bien aquella vez. La dejó en la acera, separando el vidrio, el cartón y los restos de comida con la precisión de quien ama el orden.

Al girar para entrar, notó que el jardín delantero estaba cubierto de hojarasca. El árbol de la entrada había soltado sus hojas secas sobre la hierba alta, dándole a la casa un aspecto descuidado que no podía tolerar.

Sin ponerse botas ni guantes, Patricia fue al cobertizo. Tomó el rastrillo y una bolsa nueva. La noche era un manto de serenidad; las estrellas parpadeaban sobre ella mientras barría las hojas secas. Sin embargo, el rastrillo empezó a fallar. Las hojas se atoraban en los picos de metal, obligándola a usar sus manos desnudas para limpiar la herramienta.

Patricia, que amaba sentir la tierra bajo sus uñas, dejó el rastrillo a un lado y comenzó a recoger los montones de hojas con las manos, metiéndolas a puñados en la bolsa negra.

—¡Oye, tú! —gritó una voz desde la calle.

Un muchacho en patinete, con una gorra roja, se detuvo frente a su cerca. Tenía una expresión de asco puro, una mueca que le deformaba el rostro. Patricia lo miró confundida, con las manos aún hundidas en la maleza oscura.

—Deja de levantar ratas, loca —escupió el chico antes de perderse en la oscuridad.

Patricia se quedó congelada. ¿Ratas? ¿De qué hablaba? Quizás era una broma pesada de un desconocido. Pero la duda sembró una semilla de hielo en su pecho. Lentamente, bajó la mirada hacia la bolsa que descansaba contra su pierna. Sus ojos penetraron la oscuridad del plástico.

Allí, entre la hojarasca seca, no solo había hojas.

Un cuerpo pequeño, gris y peludo yacía entre los desperdicios. Estaba muerto, rígido, con los dientes amarillos expuestos en una mueca inerte. Patricia sintió que el corazón le estallaba contra las costillas. Pero el horror no terminó ahí. Al mirar el césped que acababa de "limpiar", descubrió que lo que creía eran bultos de hojas eran, en realidad, decenas de cuerpos.

El patio estaba plagado de ellas. Muertas, agonizantes, algunas retorciéndose entre la hierba que ella acababa de peinar con sus manos desnudas.

De pronto, sintió un movimiento sobre su pie. Un animal enfermo, de pelo ralo y ojos vidriosos, caminó sobre su empeine. El contacto de las patas diminutas y la cola escamosa contra su piel fue el detonante.

Patricia gritó. Fue un alarido que le desgarró la garganta, un sonido que se llevó todo el oxígeno de sus pulmones. No era solo el miedo a un animal; era la comprensión de que había estado acariciando la muerte, hundiendo sus manos en una masa de carne enferma y parásitos, confundiendo el pelaje con la seda de las hojas.

El despertar.

Patricia despierta en su habitación del hospital, empapada en sudor frío. Intenta correr, pero las correas de seguridad en sus muñecas y tobillos le recuerdan su destino. El shock la ha dejado muda, enterrada viva en un cuerpo que aún siente el cosquilleo de patas invisibles subiendo por sus piernas.

Ya no hay libros, ni botánica, ni futuro. Solo queda el eco de cuatro letras que destrozaron su realidad. En el silencio de la clínica, mientras las luces parpadean, Patricia vuelve a hundir sus manos en la oscuridad de su memoria, sabiendo que, en este infierno, nadie viene a rescatar al Patito feo.

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