IV. Adicción Extrema

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Libro: Guarda Silencio, Amor (Obsesión #1) 

Todos los derechos reservados.

La historia fue eliminada de la plataforma, pero estoy tratando de solucionar ese problema. Disfruten el capítulo:

 IV

Adicción Extrema

El dosel de la cama brillaba bajo la tenue luz del amanecer, trayendo consigo los recuerdos de la noche amatoria en mi habitación. Desperté justo como me quedé dormida: desnuda, con el calor de la noche anterior aún pegado a la piel.
¡Mierda!
Al abrir los ojos, se me cortó la respiración. La claridad de lo que había sucedido me atacó de golpe. Como un impulso de protección, llevé la mano hacia mi sexo para cubrirlo, salvaguardando por instinto las sobras de mi pudor. Aunque quizá… ya no tenía nada que perder. ¿Dormí así toda la noche?
Levanté la cabeza de la almohada y verifiqué lo que ya intuía. La laptop seguía sobre las sábanas, pero por suerte, la batería estaba muerta. No veía más que el negro característico de la pantalla apagada; ni siquiera el piloto de la cámara parpadeaba. Fue entonces cuando recordé que anoche olvidé conectar el cargador antes de aceptar la videollamada de Mason.
—Ah, cielo… —suspiré de alivio.
Aun así, el clamor de mi corazón no cesó con la calma. Necesité apartar el portátil de entre mis piernas y cerrar la tapa para sofocar el susto. Como una criminal que intenta ocultar evidencia, la escondí bajo la almohada mientras asimilaba mi imprudencia. Tuve mucha suerte de no ser descubierta por mis padres o por mi hermana. Sabía que la tela del dosel era densa y desde afuera solo se distinguía el contorno de una silueta; si alguien de mi familia hubiera entrado en pleno acto de cibersexo, solo habría visto mi cuerpo arqueado. El peligro real era nulo, pero la adrenalina me carcomía por dentro.
Me dejé caer contra el colchón y no cerré las piernas. Una duda obscena se apoderó de mi mente mientras deslizaba la mano por mi vientre hacia abajo, donde el recuerdo de un pulso irregular asomaba en mis memorias. Al cubrir nuevamente mi intimidad, sentí la piel sensible y caliente. La humedad aún estaba fresca entre mis muslos. Desplacé las yemas sobre la piel, dejando tras de sí la estela viscosa de un orgasmo salvaje. Mi primera autosatisfacción me la había arrancado bajo la mirada atenta de Mason.
Me sentía en la gloria, aunque la vergüenza me quemaba por dentro; sin embargo, no iba a estropear el regocijo con arrepentimientos. Pero… no podía cesar el bochorno en mis mejillas. Imaginar que se había quedado dormido observando el rincón más íntimo de mi cuerpo me producía una mezcla sofocante de humillación y deseo. ¿Cómo pude aceptar hacer algo así bajo el mismo techo que mi familia?
El recato me invadió de nuevo y cerré las piernas por instinto, abandonando la idea de seguir explorando mi cuerpo. Tiré de la colcha y me envolví con ella hasta los hombros, buscando refugio contra la luz matutina. Miré el reloj despertador: cinco y media de la mañana. Me había despertado media hora antes de la alarma.
No tenía caso levantarme tan temprano. Además, sabía que Olivia madrugaba para hacer su yoga en ayunas; una rutina rígida y elitista que jamás he compartido con ella. Cerré los ojos, dispuesta a descansar unos minutos más.
—¿Ya terminaste de cavilar?
La voz masculina, proveniente de algún rincón en la penumbra, me sobresaltó a tal punto que me incorporé de golpe. Mi pecho subía y bajaba en respiraciones agitadas mientras el corazón me martilleaba contra el esternón.
—¿Mason? —Decir su nombre me salió por instinto, como un condicionamiento enfermizo—. ¿Cómo entraste a mi habitación? —pregunté al ubicarlo sentado en la silla de mi escritorio, vigilándome.
—Buenos días, amor —respondió con total naturalidad, ignorando mi pregunta. Se levantó de la silla y se acercó despacio a mi cama—. ¿Cómo amaneciste el día de hoy?
A través de las cortinas, pude observarlo sin perder ni un segundo de sus movimientos. Su silueta se volvía más imponente a medida que caminaba hacia mí, con la claridad matutina recortando su figura oscura. Me cobijé con la sábana hasta el cuello, sin entender la audacia de su intrusión. ¿Acaso no podía esperar a verme en la escuela?
—Bien —respondí, con la voz bajita y nerviosa, sin descuidar la puerta. Un suspiro de nuestras bocas podría ser suficiente aviso para mi familia—. Am… ¿Podrías hablar un poco más bajo?
—¿Pretendes que nos comuniquemos en lenguaje de señas? —preguntó, irónico, olvidando la tensión sexual entre nosotros… de momento—. Lamento informarte que me veo ridículo agitando las manos.
—¿Y si murmuramos? —le seguí el juego.
La risa jovial de mi amor fue quedita y animosa. Me contagió su alegría al reír en silencio junto a él.
—Me gusta tu cuarto —dijo de pronto, paseándose por el espacio—. Aunque tu póster de Crepúsculo me está mirando feo.
Sofoqué una risita alegre al verme contra la espada y la pared por mis gustos culposos.
—¿Te gustan los vampiros, mi Martina? —Se detuvo a observar el póster de frente, confrontando los ojos café dorado de Edward Cullen—. O… ¿te gusta él?
—No. Yo… Bueno, es mi película de confort. Eso es todo —le expliqué, al notar que su humor se ensombrecía. ¿Acaso estaba celoso de Robert Pattinson?
—Entonces, ¿ayer, mientras estabas viniéndote para mí, estabas observando al vampiro adolescente?
—No. Te estaba viendo a ti, ya lo sabes —le recordé, sin sentirme agobiada o enfurecida tras su pregunta. Entendía su celos… hasta cierto punto. Pero consideraba adorable su reacción por Pattinson.
Pero él, como si no me hubiera oído, alimentaba su recelo con las siguientes preguntas:
—¿Te paseas desnuda por la habitación con los ojos de otro hombre sobre tu preciosa piel? ¿Tienes la intención de que existan más allá de mí mientras vivas?
—Amor… —suspiré su nombre con un deje estimulante.
No era el momento ni el lugar para reavivar los sucesos de ayer, porque estaba enojado (podía sentirlo). Tenía la espalda recta y los brazos tensos a los costados de su cuerpo, sin apartar la mirada siniestra del póster. Parecía que su intención era arrancarlo de la pared y romperlo en pedazos; no hacía falta que lo dijera en voz alta para expresar sus planes. Lo conocía lo suficiente para entender sus deseos dentro y fuera de la cama.
—¿Quién te resulta más atractivo, mi Martina? ¿Él o yo? —continuó.
—Tú, por supuesto.
—¿O es que acaso necesitas que te chupe la sangre del cuello? ¿O que te muerda hasta dejarte marcas en la piel? ¿Como un chupetón, mi reina?
Me reprendí a mí misma al sentir los pezones erizados tras su impávido tono de voz, sin alteraciones de enfado o nervios. Estaba tranquilo, como una piedra que recibe el impacto de la ola al ser golpeada con fuerza.
—Eso te gustaría, ¿verdad? —preguntó, al mirarme por fin a través del tul—. ¿Que fuera un novio que disfrutara el sabor de tu sangre?
Cada poro de mi piel emanaba el calor de cien fósforos. Era inútil negar que compartíamos un vínculo invisible y absorbente. Peor aún: no quería admitirlo pero… me fascinaba su actitud enfermiza. Era casi tan adictiva como el chocolate.
—Dime, ¿eso quieres? —preguntó suavemente, al sentarse en el borde de la cama, del otro lado del dosel, observándome en silencio—. Tú solo pídemelo y concederé tus fantasías, amor.
El colchón se hundió ligeramente cuando se acomodó cerca de mis piernas recogidas bajo la colcha. Se quedó allí, al otro lado de la barrera, obligándome a sostener la mirada sobre su contorno incierto.
—Por el momento solo tengo una que te involucra a ti —dije, sintiendo el rostro enrojecido de vergüenza.
—¿En serio? ¿Cuál? —indagó, con esa sonrisa torcida que no indicaba nada bueno.
—Am… Bueno, ya lo hicimos, así que terminaste de saciar mis fantasías.
—Oye, eso no cuenta —dijo—. Tiene que haber más.
—Am… yo… es que… —No sabía de dónde me nacía tanto pudor cuando hablaba con él—. Bueno, los baños de las escuela… —empecé a decir en voz bajita, con las mejillas ardiendo.
—¿Quieres que te coja dentro de las instalaciones escolares?
—Sí —musité, sin atreverme a mirarlo a los ojos.
—Oye… —Levantó mi cara, sosteniendo mi mentón—… No tienes nada de qué avergonzarte, muñeca. Es normal que sientas curiosidad.
—Sí, pero…
—Pero tienes miedo de que nos descubran, ¿verdad? —atinó a decir—. No te preocupes. Como te dije ayer por videollamada: nadie nos verá. Tengo mis métodos para que la gente no invada un área de la escuela.
—Hablas igual que un gánster, Mason.
—¿Cuándo te he dicho que no lo soy, mi Martina?
Tragué saliva, sintiendo un nudo en la garganta. Pero no era el llanto atascado de una temporada difícil lo que obstruía mis vías respiratorias, sino la sensación impaciente de una conmoción en el corazón.
Sus dedos tocaron la tela de la cama, antes de que su voz grave y pausada perforara el ambiente con un nuevo reproche infantil:
—Apagaste la pantalla, mi Martina.
Su sombra se inclinó ligeramente, como si disfrutara inspeccionando mi excitación a través del dosel traslúcido.
—Mason, si mi familia te ve…
—Tu familia está durmiendo, nena —me interrumpió, ignorando mi excusa.
—¿Cómo lo sabes? ¿Te atreviste a inspeccionar las habitaciones de mis padres? —pregunté, medio en broma.
—No soy tan morboso, muñeca. —Ladeó su torso hacia mí, pegando el rostro contra la delicada tela—. Bueno, solo contigo —dijo al sonreír, respirando suavemente sobre el tul—. Anoche me dejaste a oscuras, amor. La pantalla se volvió negra justo cuando terminamos de hablar.
—Ah… ¿Y esperaste al amanecer para colarte a mi habitación y decirme eso? —pregunté.
—¿Y quién dijo algo sobre esperar al mañana? —me respondió.
Entonces lo comprendí como si me hubiera apuntado con un arma paralizante: estuvo despierto toda la noche, viéndome dormir desde ese rincón oscuro. Como un búho silencioso.
—Ah… Lo… Lo siento —tartamudeé; no supe por qué. Ni siquiera estaba segura de qué razón tendría para disculparme con él. No es como si yo le hubiera pedido que se colara a través de mi ventana para observarme como un acosador mientras dormía.
Es más, ni siquiera estaba segura de cuáles eran las razones de Mason para vigilarme desde la oscuridad. De hecho, ni siquiera estaba segura de por qué no me sentía asustada o con un nudo en la garganta. Tal vez era porque estaba igual de perturbada que él, con un lado oscuro en el corazón que solo podíamos llamar obsesión. ¿Cómo podía ser, si hacía poco que nos conocíamos? Si él no me hubiera buscado, habríamos seguido nuestras vidas escolares como perfectos desconocidos. ¿Era normal sentirse de este modo, con este nivel de ansiedad y los sentimientos como un agua turbulenta?
—Está bien, amor. Ya me lo recompensarás después… —Hizo una pausa deliberada, dejando que el silencio llenara la habitación con incertidumbre—… en la escuela.
—¿Qué? ¿Cómo?
Mason sonrió con un gesto divertido y maligno.
—Vamos a cumplir una de tus fantasías, muñeca —dijo, sonriente, como una promesa—. El baño de chicas siempre es más aseado que el de los chicos, ¿verdad?
—Mason, yo… me siento halagada, pero precisamente hoy tengo un examen de Historia al mediodía. No puedo faltar.
—Tranquila, mi amor. La maestra Shaw es comprensiva. Yo hablaré con ella.
—Sí, claro —bufé—. ¿Qué le vas a decir? «Disculpe, maestra Shaw, ¿puedo robarme a su alumna Mendola por… no sé… dos horas mientras la hago gritar en el baño de chicas: “Soy tuya, soy tuya”?».
—Me has dado una gran idea.
Detuve la carcajada que deseé soltar, usando mi mano para reprimir la diversión mientras subía y bajaba el pecho en silencio. ¿En serio era capaz de hablar con mi maestra? Sí, cómo no. Ya me gustaría escuchar la conversación tan inapropiada que tendría lugar en plena clase de Historia Universal.
Antes de que pudiera reaccionar, las manos de Mason partieron el dosel de la cama y su cuerpo invadió mi espacio personal, apoyando las palmas a los costados de mis caderas mientras me miraba fijo, sin perder esa sonrisa torcida o la actitud enfermiza.
—¿Qué? —soltó de repente—. ¿Estás asustada, mi Martina?
—No —negué, apretando la colcha contra mi pecho hasta que me dolieron los nudillos—. Solo… me tomaste por sorpresa.
—¿Ah, sí? —Se inclinó aún más, casi rozando mi pecho—. ¿Como ahora?
Ahogué un grito cuando me arrebató la sábana del cuerpo, dejando mi desnudez al descubierto.
—¿Sigues sorprendida, mi Martina? No te recordaba tan pulcra anoche mientras te masturbabas para mí.
La vergüenza me quemó las mejillas con tanta violencia que no supe qué decir. Recordar mi mano entre mis piernas mientras él me miraba desde la pantalla me revolvió el estómago de pura anticipación y culpa.
—Pensé que me dejarías ver los restos de tu orgasmo toda la noche, amor. Imaginate mi decepción cuando la pantalla se oscureció.
—Se… se agotó la batería —musité, odiando la debilidad en mi voz—. No fue a propósito.
—¿No? —Un leve crujido en el colchón indicó que acomodaba mejor sus rodillas—. Porque me pareció muy conveniente para ti dejarme a medias, con el sonido de tu respiración cortada y sin saber qué estaba pasándote después… —Respiró hondo, como intentando fijar el recuerdo—. ¿Te arrepientes de lo que hicimos?
—No. Nunca —aclaré.
—¿Pero hubieses preferido no hacerlo?
Me sentí culpable al oírlo hablar con tanta convicción.
—No es eso. Es que… fue extraño. Me gustó, pero… me sentí extraña al despertar con este calor entre las piernas sin que tú estuvieras para aliviarlo.
—Bien —dijo, al acariciar mi mejilla—. Ahora estoy aquí.
—La batería se agotó. Olvidé conectar la… —Silenció mis labios con su dedo.
—Basta. No pongamos más excusas entre nosotros. No estabas pensando en la batería, ¿verdad? Estabas pensando en cuánto querías que te mirara mientras te venías en tus dedos, mientras sentías lo que yo llevo días gozando al masturbarte. Vamos, admítelo.
Tragué saliva, bajando la vista.
—Mírame. —Mis ojos encontraron los suyos—. Tampoco quiero que busques justificaciones morales para denigrar lo que hicimos anoche. Porque yo no me arrepiento; siempre quise intentar esto contigo. Para mí… fue mi primera vez.
Su confesión me tomó por sorpresa. Conocía su fama en la preparatoria, me imaginaba el historial de chicas que habían pasado por su vida antes que yo, pero… tal como me lo daba a entender, con ninguna de ellas se había permitido ser vulnerable ni intimar a un grado tan extremo. Quizá esta sí era su primera experiencia cercana al amor.
Me amaba. No solo me deseaba; ya me lo había dicho antes en la casa del lago. Además, ahora me llamaba su novia. Teníamos una relación sexual y romántica.
—Dilo —me presionó a hablar usando un hilo de voz inquietantemente suave—. Pídemelo.
—¿Qué cosa? —pregunté en un susurro.
Su pecho se hinchó al respirar hondo. Por un momento creí que guardaría silencio, pero volvió a atacar con una exigencia aún mayor:
—Pídeme que te folle. —Su tono no buscaba una respuesta educada; buscaba exponerme. Quería oírme confesar la impureza de mi deseo, igual que anoche—. Pídeme que lo haga o que me vaya antes de que pierda la poca paciencia que me queda.
Su cambio de humor me confundió. Nunca terminaría de comprender el enigma de Mason Scott. A veces adoptaba un comportamiento tierno y dependiente, como un cachorro que solo busca afecto; pero al segundo siguiente asumía un rol dominante que sofocaba cualquier rastro de sumisión.
—¿Por qué no me respondes, amor? —preguntó con una excitación nerviosa, acorralando mi cuerpo contra la cabecera de la cama al acercarse a mi desnudez—. ¿Te asustaron mis palabras? Porque créeme cuando digo que esa no era mi intención. Yo… es que te amo demasiado y no quiero estar lejos de ti. Por eso me colé a tu habitación y te vi dormir; parecías una muñequita incitadora que gemía mi nombre en sueños. Pero me contuve y no te toqué ni un cabello, te lo juro.
A veces me preguntaba si esa faceta suya era una pantalla para hacerme creer que era inofensivo. Pero aunque mostrara esa actitud de perro que ladra y no muerde, yo sabía perfectamente que Mason no estaba libre de culpa.
Sin prisa, busqué el dobladillo de su camiseta y la levanté por arriba de su cabeza. Él me miró con las pupilas dilatadas y los labios trémulos por la emoción. Con calma, inspeccioné el torso firme y fuerte de Mason, el que me había fascinado con innumerables vistas tras el fin de semana en la casa del lago. Mis dedos lo tocaron y seguí una línea imaginaria desde sus abdominales hasta el centro de su pecho, descansando la palma en el latido salvaje de su corazón.
—¿Estás enojada conmigo por haber venido?
—Si estuviera enojada contigo te daría el avión, no te estaría tocando.
Los ojos le brillaron al escucharme.
—¿Puedo venir otra vez? —me preguntó, esperanzado—. Me gusta verte dormir.
—Y despierta también, espero —dije al rodear sus hombros con mis brazos, pegando mi pecho desnudo al suyo.
—Especialmente cuando estás despierta, amor. —Me besó en el cuello, haciéndome cosquillas—. Todos los ruidos que haces también me gustan, ya te lo he dicho.
—Me gusta oírte decir cuánto te gusto, Mason —admití, con una sonrisa en el rostro.
Me acarició la espalda de arriba abajo. Sentí los callos de su palma contra la tersa piel de mi cuerpo y el pulso entre mis piernas se volvió constante y… molesto.
—No te vayas… —susurré, apenas audible, como una súplica patética—. Quédate conmigo. Hazme el amor.
Mis palabras fueron la luz verde que necesitaba escuchar.
Sometida a su voluntad, ambos nos besamos hasta caer sobre el colchón. Él no estaba desnudo, pero su torso era suficiente estímulo de ignición. Con su cuerpo encima del mío, me acarició un seno, jugando con mi pezón hasta convertirlo en piedra. Entonces, me pellizcó. Sentí un ligero dolor en la punta, pero no grité de anticipación, sino que comencé a jadear, a mover las caderas bajo su pelvis y a notar el bulto que escondía en su pantalón. Mi cuerpo reaccionó cediendo a su deseo, tirando por la borda los pensamientos más arraigados del pudor familiar.
«Hazme el amor»; ¿no fueron esas mis palabras?
Pero, justo como sucedió ayer: no frené mis impulsos por educación corporal, por vaga experiencia o restos de inocencia. No, nada de eso. Me entregué a él porque me sentí cómoda y feliz, segura bajo el calor de sus ojos. A pesar de los riesgos, nuestra química era innegable.
—Te amo, mi Martina. Te he esperado toda la vida.
—Apenas nos conocemos.
—No es verdad. Me conoces mejor que nadie, mi bella italiana —aseguró en lentas respiraciones, al descender su boca sobre mis pechos, besando mis pezones y mordiendo la sensible piel de mi torso.
Percibí el choque amenazante del calor que emanaba su piel, y la electricidad en mis piernas se reactivó como la noche anterior.
—Mentiroso —jadeé.
Mason me clavó los dientes en las costillas y solté un leve grito.
—Insolente… —murmuró sobre mis huesos, mientras su boca descendía hacia el centro de mis muslos—. Ya estás mojada, mi Martina. A punto de ser consumida por el lobo.
—¡Ah! —Se me escapó un gemido agudo cuando su lengua aplicó presión en mi punto sensible.
Mierda. Me llevé la mano a la boca y silencié mi siguiente grito. ¿Lo habría oído mi familia? Estaba asustada.
—Shh… —susurró al detener el movimiento sobre mi clítoris—. Guarda silencio, amor.
—No… —Me mordí el labio con fuerza y tiré de su cabello con ambas manos, arqueando la espalda contra el colchón—… Mason, no puedo.
Sus dedos presionaron mis labios para ahogar mis gemidos mientras su mirada se clavaba en la mía, disfrutando del dominio que ejercía sobre mi cuerpo.
—Lo… siento —musité, tragando saliva.
—Mi novia es muy ruidosa —comentó de pronto, sacándome una sonrisa.
Mason tenía razón: a su lado me convertía en una mujer ruidosa, con gemidos a punto de incitar el escándalo matutino. Por suerte, eso no pasó. Mantuve la calma y los gritos disminuyeron su intensidad mientras el clímax se avecinaba como un golpe rítmico en mi vientre. Sentía que en cualquier momento iba a delatar el orgasmo con un fuerte grito.
Pero no fue así. Sudando, tirando de su pelo, con los pechos coronados por los duros jalones de sus dedos, me resistí y comencé a llorar de dolor, de frustración. Quería que él me escuchara perder el control, no a esta versión contenida por barreras familiares.
—Mierda, mi Martina. Nunca me canso de tu sabor. —Respiró sobre mi entrepierna en rápidas exhalaciones.
—Mason… —gimoteé su nombre al restregar el coño húmedo sobre su cara, buscando más presión y mordidas—. Mason, por favor…
—¿Quieres que te folle? —preguntó.
—Sí.
Mordió suavemente la zona resbaladiza de mi pelvis y se apoyó sobre sus rodillas para desabrochar el cinturón de su pantalón. Entonces, de su bolsillo trasero sacó un envoltorio plástico.
—Qué bueno que vine preparado.
Sonrió, y yo también. Metió su mano bajo el bóxer y su pene duro y ancho apareció entre nosotros con la gota del líquido preseminal en la punta. Relamí mis labios y me lancé hacia él dispuesta a chupar su miembro, pero…
—¿Tiny?
… La voz de mi hermana estropeó el momento.

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